Decisiones

El humano tiene la capacidad racional de decidir realizar una acción o no. Pero, ¿es verificable la voluntad del ser humano? ¿Qué nos diferencia de los animales comandados por los instintos?

En realidad, el libre albedrío hoy en día es un gran misterio que la ciencia intenta comprender. La definición actual lo relaciona con la razón y la posibilidad de actuar de forma contraria o distinta a cómo se actuó. El humano es el único con esta capacidad porque posee la razón. Hay teorías que indican que el actuar de los humanos podría ya estar determinado, incluso antes de la ilusión de elegir. Por otro lado, el ser humano podría estar dotado de una voluntad que rige el propio comportamiento.

Para determinar cuánto control tiene el ser humano sobre sus acciones se deben definir los límites del libre albedrío. El primer límite es auto-evidente y se da en el plano lógico: una persona no puede elegir cambiar aquello que es, es decir, no puede decidir no ser persona. Junto a esta limitación se encuentra aquella provocada por el lenguaje, ya que el ser humano no puede pensar racionalmente por fuera de este sistema de palabras. Una tercera delimitación es la realidad física regulada por sus leyes. Por ejemplo uno no decide donde o cuando nacer, tampoco decide la información genética con la que nace. Una última restricción real es el entorno social donde uno se desarrolla. Este influencia profundamente a la persona a un nivel inconsciente, puesto que recibe tanta información, mayormente subjetiva y arbitraria, que condiciona las decisiones de las personas.

Actualmente no es posible afirmar que las acciones del humano ya estén determinadas. La idea popular sobre este tema se apega con la impresión de la vida cotidiana, es decir, los humanos poseen una voluntad y deciden qué hacer. La falta de pruebas definitivas ha llevado a una discusión con varios argumentos a favor de cada parte. Este debate ha sido abordado por muchas disciplinas como la neurociencia, la biología, la psicología, la filosofía, entre otras. También es importante notar que el sistema jurídico está basado en el libre albedrío porque una persona solo puede ser responsable de sus acciones cuando tiene la capacidad de discernir. No tiene sentido culpar a alguien que no pudo haber actuado de otra manera. 

Cuando se piensa a este tema hay que abordar una característica fundamental: ¿en base a qué decimos que una persona decidió una acción? Se puede responder que una persona es libre cuando no es ignorante y es guiada por la razón. Sin embargo, la razón nos lleva a una forma única y objetiva de realizar una acción. Por ejemplo, un trabajador necesita llegar a su trabajo y tiene un mapa. Este hombre, guiado por la razón, va por la vía más corta que le permite llegar lo más rápido posible al trabajo. Todos en su misma situación habrían seguido el mismo curso de acción, no podemos seguir otro si decidimos racionalmente.

La otra respuesta sería que el humano decide en base a sus emociones y pasiones. Las personas nos diferenciamos por los pequeños detalles y gustos irracionales que tenemos sin darnos cuenta. Entonces, si la diferencia la provocan los deseos puede que también nos ofrezcan la libertad de decidir. La contradicción con esta alternativa se da en el hecho que nadie decide sus preferencias o gustos. El proceso que regula nuestros deseos y gustos es aún un misterio, pero una hipótesis es que solo sea un proceso biológico más complejo que el de los demás animales. Siendo este el caso tampoco existiría el libre albedrío.

Puede ser que las “decisiones” sean el resultado de todas las influencias pasadas que uno tiene. Ante una misma situación cada persona tendría una respuesta distinta ya que depende de su pasado, pero igualmente estaría determinada. Las decisiones se formarían según las experiencias que viva. Cómo actúa una persona puede ser efecto de todos los esquemas mentales que se forman mientras se desarrolla en una sociedad.

En la vida cotidiana, las personas toman muchas decisiones y poco a poco conforman su propia identidad con estas. En realidad, según la experiencia, el camino que cada uno recorre podría depender únicamente de sus deseos. Cabe entender que por deseos no se entiende un único capricho, sino el conjunto de anhelos que se tiene. Por ejemplo, cuando uno se pelea con un ser querido  es porque aprecia más ciertos valores o actitudes (como ser respetado, entendido, entre muchos otros anhelos que no necesariamente son positivos y dependen del individuo) que el afecto mismo hacia tal persona. Todos deciden en función de sus deseos, incluso si nadie decide qué desea.

Renzo Gonzales

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