Escapando con libros

Rasgué el papel de regalo con entusiasmo y me quedé sorprendida con lo que este ocultaba. Sostuve el libro en mis manos y mis cejas se arrugaron al recordar lo que mis padres me habían dicho que era mi regalo. Lo describieron como “un pasaje de ida y vuelta a otro mundo” … y en su momento juré que era una gran estafa. Dejé caer el libro al suelo y me crucé de brazos. Los días siguientes mamá me preguntó si había hecho el viaje y, después de escuchar mis reclamos, me dijo que le diera una oportunidad. Ese día empezó mi afición literaria, ese día puse el primer sello en mi pasaporte literario que solo se llenó de más y más sellos. Fui de mundos de hadas a mundos de magos y me encontré más tiempo envuelta en mundos ficticios que en la realidad. Los libros se convirtieron en un escape al cual estaba recurriendo mucho más de lo que debía. Veía la realidad y me molestaba lo increíblemente gris que era a comparación de los mundos fantásticos a los que los libros me llevaban.

Empezó como una simple actividad y terminó sintiéndose casi como una necesidad. ¿Qué había cambiado? ¿Cómo llegué a tal punto? No creía que leer literatura escapista fuera algo malo, pero seguramente no tuve el cuidado suficiente y se convirtió en algo perjudicial. Todo se hallaba en el balance y era hora de volverlo a encontrar. Reflexioné acerca de la literatura que había consumido en exceso los meses anteriores. “Todo en exceso es dañino”, había escuchado tantas veces ese dicho, pero jamás lo había interpretado de una manera literal y ahora estaba en ese limbo de sensaciones conflictivas. Me alejé completamente de ese tipo de literatura y me enfrenté a la realidad que, por tanto tiempo, había ignorado. Al inicio no fue fácil, pero poco a poco fue más llevadera la situación. Se trataba de ajustarse a los altibajos. Pero la realidad, a veces, seguramente no ayudaba, con sus indeseables altibajos te provocaba tener alas y evitar las caídas. Estaba tan cansada de lo mismo, cada vez el panorama se oscurecía más y la realidad parecía consumirme incesantemente. Necesitaba un descanso, por más breve que sea y ya sabía a qué acudir. Volver a mis libros de ficción me permitía tener una libertad para hacer algo sin pensar mucho en las consecuencias. Releí uno de mis libros favoritos de fantasía y leerlo me hizo sentir como si tuviera control sobre algo, por más insignificante que sea. Mientras me regocijaba en la literatura escapista, me di cuenta de que no era infantil refugiarme en ella y no tenía por qué sentirme avergonzada. No era literatura de segunda como muchos decían que era. Ese tipo de libros al igual que todos tenían su propósito y para muchos, incluyéndome a mí, si necesitaba un descanso mental estaba segura de que un libro de ficción me lo proporcionaría su manera.

Maria Araujo

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