Apología de la vida

Para el hombre más sabio de Atenas:

Maestro, conociendo su resolución de morir ante una sentencia injusta, quisiera reflexionar sobre el suicidio, y defender la vida al igual que usted defendió sus ideales en su apología. Aquí le presentó mi apología de la vida.

La muerte siempre ha sido un tema prohibido de hablar en el pueblo. ¿A quién le puede gustar hablar de no volver a ver nunca más a un ser querido? Preferimos vivir obviando el final, determinando planes en un futuro indeterminable. Por esto se nos hace tan extraño escuchar que una persona se haya suicidado. Con el suicidio, ellos traen su final al presente. Algunos los consideran valientes al haber decidido cómo acabar su propia vida, pero la mayoría los llaman cobardes por no tener la fuerza para continuar. ¿Realmente tiene sentido criticarlos? Después de todo, lo que logran es ahorrarse unos cuantos años más de una vida fundamentalmente absurda. A todos nos llega la muerte, pero hay quienes critican duramente a aquellos que saltan hacia el final. En nuestra cultura se ha formado un culto a la vida y se ha vuelto lo que más apreciamos en el mundo. Se instauró un dogma sin una base sólida ni racional, como aquellos que tanto criticaste, y este es prácticamente invisible e imperceptible. Hemos puesto la vida en un altar, la hemos hecho coincidir con lo bueno, y los que la rechazan son olvidados y criticados como herejes. Aún no soy capaz de determinar si dicho culto es realmente positivo, pero vamos a suponer que sí, pues la vida es lo único que conocemos. En cambio, la muerte es incognoscible y no podemos hablar de ella sino respecto a la vida. La dialéctica indirecta o negativa de la muerte no significa que la misma sea despreciable o maligna, pero históricamente ha sido el símbolo de dolor y pérdida por excelencia, aunque también del cambio más drástico posible, el cambio que no permite más cambios y elimina todas las posibilidades de uno, pero provoca un cambio profundo en los otros.

¿Por qué una persona se suicida? No lo puedo decir realmente, pues sería suponer erróneamente que podemos conocer todo aquello que vive otra persona. Sin embargo, es común entre estas pobres almas un dolor inexpresable y una soledad angustiante. Si la vida es comunicación e interacción, la falta de estas nos lleva al límite y nos hace tomar decisiones irreversibles. El sufrimiento nubla la visión de las personas, nos hace centrarnos en un punto y llegamos a juicios errados. ¿Por qué estoy solo? ¿Vale la pena seguir? ¿Hay alguien que me quiera? ¿Importa si estoy aquí o no? Por nuestra tendencia a darnos la razón, manipulamos lo que percibimos. Desde un inicio tenemos en mente la conclusión a la que deseamos llegar y observamos únicamente lo que consolide esta idea. Hablamos con absolutos cuando estos no son reales: “Nadie me quiere”, “no sirvo para nada”, “nunca he sido feliz”… Por muy fácil que sea demostrar la falsedad de estas ideas con hechos, no es suficiente para salvar estas hojas de otoño formadas en primavera. A todas estas almas les falta el elemento más fundamental de la vida: la felicidad. Ellas sufren constantemente y no desean la muerte directamente, mas desean acabar con el dolor y ven en la muerte un estado de tranquilidad, quizá verdadero o quizá ilusorio. El suicidio más justo es aquel que brinda una muerte buscada propiamente por el hecho de morir y no por el hecho de escapar a la vida. Sin embargo, al solo conocer la vida este suicidio justo es irrealizable.

El suicidio parece ser provocado por la pérdida repentina de sentido de la vida o por la ausencia de la felicidad. Algunos simplemente dejan de ver el sentido de la vida y chocan directamente con lo absurdo. Ante esta situación hay dos caminos: convivir con lo absurdo y no intentar imponer un sentido que luego irremediablemente se derrumbará, o caer en una angustia profunda que nos hace preguntarnos si realmente importa cualquier cosa. No tengo motivos para preferir una u otra más que por conveniencia y comodidad, ya que si nada tiene sentido, ¿tiene sentido angustiarnos por esto? Siguiendo el segundo camino se llega a un estado donde la felicidad se considera irrecuperable. No se puede dialogar con estas personas perdidas, porque su criterio ha olvidado el objetivo común de todos: la felicidad. Este sentimiento de vacío, a veces de indiferencia absoluta, es un espacio de abandono y soledad en el cual la persona a veces se mantiene viva por mera costumbre, mas esto sería sobrevivir antes que vivir. Estas personas sienten en algunas ocasiones que no merecen vivir. ¡Cuánto daño habrá hecho el concepto de mérito que es tan subjetivo e impuesto erróneamente como una verdad! Solamente si la justicia absoluta e ideal se encontrara en este mundo es que cada uno tendría lo que realmente merece. Por desgracia, viendo su juicio maestro, no parece existir entre nosotros tal ideal y el mérito se convierte en un veneno más de este mundo como el orgullo o la mentira. Cuando una persona merece algo, siempre tiene que haber otro sujeto que brinde lo merecido (esto puede ser entendido tanto como premio que castigo). Por ejemplo, un guerrero puede merecer reconocimiento por su notable desempeño en batalla y este sería brindado por el pueblo o por las autoridades. Sin embargo, el caso de la vida es particular, pues esta nos es dada cuando ni siquiera éramos, entonces es ilógico pensar que la merecemos, al igual que es ilógico pensar que no la merecemos. Nadie ha hecho nada para merecer vivir y, lógicamente, nadie puede hacer nada para concluir que realmente no merezca vivir.

Para poder salvar a una persona del suicidio es necesario tener una conexión directa con la misma, pues se mostrará más interesada en escuchar. También debemos hacerle comprender que debe comunicar lo que siente y piensa, ya que, si no lo hace, seguirá alimentando sus pensamientos con ideas negativas e ilusorias. El regreso a un estado de tranquilidad y felicidad no es simple ni ágil. Así como la desaparición de la felicidad no es instantánea, ya que es el cúmulo de pensamientos negativos y desesperanzadores; el retorno de la misma es fruto de un esfuerzo constante. El apoyo de los seres queridos es fundamental, ya que este es de los casos donde la razón no importa, sino los sentimientos. Esto es porque, como usted mismo enseñó maestro, el conocimiento absoluto no está a nuestro alcance y nos duele lo inexplicable. Yo agregaría que no podemos llegar a este conocimiento absoluto, porque todos nuestros razonamientos los hacemos en función de nuestros sentimientos, ya sean positivos o negativos. Para cambiar radicalmente nuestras conclusiones, debemos cambiar cómo nos sentimos, y esto solo se logra con nuestros seres queridos. Lamentablemente, aquel que haya perdido a todo ser querido debe realizar un esfuerzo inhumano y cambiarse a sí mismo, pero es extremadamente raro que ocurra este cambio.

Maestro, su decisión de aceptar la muerte es admirable y razonable. En su propia muerte sigue los ideales que siempre ha defendido. Yo no estoy de acuerdo en adjudicar a las leyes de las ciudades un carácter absoluto, porque no siempre han sido iguales y estas provienen de nosotros mismos, seres limitados y mayormente ignorantes. Sin embargo, coincido con lo que demuestra con esta acción: la vida no se encuentra por encima de todo. Las razones por las que vivimos son iguales a las razones por las que moriríamos. Una vida virtuosa será aquella que apueste por la felicidad y ayude de manera justa a quienes la han perdido. Hay que reencontrarla con la ayuda de los demás en los momentos de dificultad. Una vida sin felicidad no aporta nada en nuestra sociedad actual, pero tiene el potencial de volver a esta y convertirse en una vida auténtica, ¿no vale la pena intentar?

Junto a esta carta estoy enviando una que habla sobre su caso específico Maestro. Espero lleguen a tiempo para poder darle mi punto de vista. (no hay firma).


Carta anónima al que vivió para el diálogo (carta a Sócrates)

Maestro, el poder que tanto has criticado por querer instituir su propia verdad y no cuestionar su profunda ignorancia te quiere silenciar. Quizás los dioses han determinado que tu muerte suceda, pero quizás están poniendo a prueba tu amor a la vida y a la posibilidad de seguir esta búsqueda desinteresada e infinita por la verdad. Debido a nuestra ignorancia respecto al actuar divino, tenemos que apostar por la vida, sino de qué otra forma puedes continuar con tu actividad virtuosa. La filosofía, como sabes, es un ejercicio para la muerte, y tienes que seguir practicando hasta que tu hora llegue. ¿Cómo saber el momento de nuestra muerte? Viviendo hasta que los dioses sean claros y digan basta, no hasta que la injusticia se oponga. Si el conocimiento, la razón y la virtud no pueden hacer frente a la injusticia, la prepotencia y el orgullo: ¿qué será del mundo que vendrá? Eres el hombre más sabio de Atenas y como tal debes guiar a tus discípulos y dialogar con ellos. Guía a los jóvenes oponiéndote contra la corrupción y la ignorancia con tu mejor regalo: el diálogo hacia la verdad. Si la ignorancia domina al conocimiento, la verdad vagará eternamente sola, pues se olvidará cómo sacarla a la luz.

¿De qué forma vale más una vida? ¿Viviendo según la virtud y cooperando con todas las personas posibles para buscar la verdad, o muriendo por la propia virtud y tomando el riesgo de que tus descubrimientos y hazañas queden opacados y enterrados por las manos de los tiranos? Si cumples tu pena te convertirán en el ejemplo de condena de los sabios rebeldes. Apuesta por la vida y no cumplas tu suicidio. Quizás tu famoso demonio te ha dicho “no escapes”, pero no te puede decir “no vivas”, porque esta acción no recae en ti cumplirla. Nuestro deber es vivir siguiendo la virtud y tú aún puedes vivir de tal forma. Atenas todavía no está preparada para tus enseñanzas, pero el mundo es vasto y tienes que vivir para difundir la vía de la virtud. ¿Acaso el elemento fundamental para todo diálogo no es el otro? Aquella persona distinta a nosotras que nos permite acercarnos a la verdad gracias a su diferencia. Si el diálogo no fuese con el otro, entonces no aprenderíamos nada, ¿quién es más ajeno, más distinto, “más otro” que el extranjero? Aquel con el que no compartimos costumbres ni creencias. Aquel que nos obliga a repensar nuestras acciones y hablar desde el lenguaje universal de la razón y no desde el lenguaje local del orgullo. Habla con el extranjero como posible detentor de la verdad, pero también como compañero de viaje en busca de la misma. Ama al otro en cuanto otro, practicar el “ágape” y reconocer en otro todo lo distinto a uno. Una de tus técnicas es hacer dialogar a los opuestos, y ¿qué es más opuesto a uno que el otro? Vive para escapar de esta ciudad ya cansada de tus sabias enseñanzas y anda en busca del otro y de la verdad, aún hay mucho trabajo que hacer por el ser humano.

Sócrates, tú siempre demostraste a los demás lo frágiles que eran sus convicciones cuando eran sometidas a prueba: los políticos que no conocían el bien, los poetas que no conocían la verdad o el amor, los artistas que no conocían la belleza. Todos actuaban como sabios cuando en realidad eran ignorantes. ¿Cómo puedes estar tan seguro de que tu convicción de morir es absoluta y fiel a tu sabiduría? ¿No podría ser otro caso de orgullo que es común a todos los humanos? Las palabras del oráculo de Delfos dieron inicio a tu búsqueda por la sabiduría, pero ¿no puede ser esta una prueba más de los dioses, la más difícil hasta ahora? No escaparás a la muerte, pero vivirás para responder esta pregunta: ¿por qué tú resolución a aceptar la muerte es inquebrantable, cuando hay políticos y artistas que tienen una seguridad similar en sus conocimientos y lograste demostrar lo equivocados que estaban? He aquí tu mayor reto: ir en contra de ti mismo, en contra de tu ideal más arraigado que se ha impuesto como una verdad absoluta. Esta será la mayor de tus hazañas.

Cómo acabará tu condena será tu pharmakon, tu veneno y tu remedio, y determinará si Sócrates de Atenas se convertirá en un sabio inmortal recordado por toda la historia. Dime, maestro, si en retrospectiva un joven podría verlo como una persona que tuvo una vida justa, si murió injustamente. Debes vivir y mantener vivo el diálogo hasta que los dioses deseen tu muerte. Debes tener una muerte natural, una muerte justa. Si buscamos que la justicia se imponga, dejemos que los dioses nos demuestren qué es lo justo. Tu muerte está acordada que sea cuando regrese el barco de Delos. Si esta es una muerte injusta, y los dioses no desearían una para el hombre más sabio, ellos se asegurarán de que el clima haga que el barco fatal llegue después de esta carta.

Que la Justicia se imponga, (No hay ninguna firma).

(Al pie de la carta se encuentra un mensaje de Platón)

“Mi maestro, según los testigos, bebió la fatal cicuta y aceptó su muerte serenamente, pues ya se había ejercitado para esta. La carta llegó tarde, pero, incluso con su muerte, Sócrates nos invitó a pensar sobre la muerte y nos enseñó cómo el hombre más sabio la afrontó. La justicia que enseñó y defendió toda su vida se cumplió. Se mantuvo fiel a sus principios hasta en su muerte.”

Renzo Gonzales

2 comentarios en “Apología de la vida

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