Pasado, presente, futuro

Todos, absolutamente todos, conocemos el ciclo de la vida. Nacemos, crecemos, nos reproducimos —bueno, no todos—, y morimos. Pero ¿qué hay a mitad de camino? Cuando somos pequeños, en lo único que pensamos es jugar, o dibujar, o cualquier cosa que nos pase por la cabeza porque no tenemos idea de qué hacer con nuestras vidas. Tenemos una buena parte del día libre, sin responsabilidades, y todos felices y contentos. Pasan los años, y entramos a primaria. Comienza la vida. Nuestros padres nos lanzan a un mundo nuevo sin armas para defendernos. Jugar todo el tiempo pasa a un segundo plano y comenzamos a descubrir el significado de la palabra “responsabilidad”. Tareas, exámenes, trabajos, por más mínimos que sean, hay que hacerlos para tener buena nota y hacer felices a nuestros padres. Las ganas de aprender, la emoción por descubrir cosas nuevas, algunas veces, desaparece y se reemplaza con hacer felices a nuestros progenitores con buenas calificaciones. 

Siguen pasando los años y llegamos a media, *CRISIS*. Comienzan los verdaderos cambios. Comenzamos a mutar, nuestras hormonas están revueltas, maduramos —cada uno a su tiempo y a su manera—, la “vida social” vuelve a nosotros, pero siempre con las responsabilidades del colegio. Más exámenes, más trabajos, más tareas, etc., etc., etc. Una infinidad de cosas. En este momento es cuando la gente se define…, y la definen. Comienzan los grupos, se ponen etiquetas para clasificar a los “otros”, por quien es más “chévere” o quien es más “ratón de biblioteca”, las amistades se forjan o se terminan. Creo que los años de media son una probadita de una pizca de lo que seremos, lo que vivimos nos define como persona. 

Lo que aprendemos en el colegio, finalmente, son cosas objetivas que pueden o no servirnos después. Aprendemos a sumar o a restar. Conocemos a Vallejo o Dante o Shakespeare. Analizamos las mentes brillantes de Aristóteles o Kant o Nietzsche. En cierta medida, en el colegio aprendemos a pensar y razonar según lo que otros han pensado, pero también aprendemos que cada uno lo interpreta a su modo, según sus vivencias y sus demonios internos. Los problemas existenciales son cosa de todos, no vayas a creer que eres solo tú y que nadie te entiende, no. El estrés y la ansiedad del colegio la tenemos todos. En el fondo todos nos parecemos más de lo que creemos, pero también somos más diferentes de lo que queremos. El colegio nos enseña más de lo que creemos y quisiéramos aceptar, porque finalmente es la única realidad que realmente conocemos. Nuestra burbuja. 

Luego llegamos a la última semana de clases del recorrido y es cuando caemos en cuenta de lo cerca que estamos de dar el primer gran paso de nuestra vida. Salimos de nuestra zona de confort —de hecho, nos despachan, en fin—, y como me dijo una vez una querida maestra, “terminamos de vivir nuestro pasado”. Recalco el uso de maestra: en la vida tienes profesores que te guían en los estudios; los maestros —o maestras— van más allá. Ellos son quienes además de enseñarte cosas objetivas, comparten contigo leyes de vida. 

Volviendo al punto: el colegio es una etapa que termina y no regresa… ¿Qué si nos asusta salir nuestra zona de confort? Muchos pueden decir que no y se justifican de mil y un maneras, pero en el fondo, TODOS estamos aterrados. Por más liberación que sintamos, por más aliviados que estemos de salir de la rutina, de salir de las casillas, etc., etc.; y es que en el fondo esto es abandonar el estilo de vida al que estábamos habituados, en el que nuestra mayor preocupación eran las notas. No tenemos más preocupación que los estudios y nosotros mismos. Pero al salir del colegio caemos en cuenta de que tenemos que convertirnos no solo en “adultos”, sino en “adultos funcionales” y, por ende, asumir nuevas y mayores responsabilidades. 

Durante el último año del colegio comenzamos a ganar confianza y nuestra voluntad crece porque comenzamos realmente a pensar en nuestro futuro y en la responsabilidad que nos echamos a la espalda, y finalmente maduramos. El único detalle es que creemos que ese futuro que planeamos está asegurado con solo creerlo. Carpe diem señores, carpe diem. Tenemos que vivir el momento como si fuera el último: y no digo que hacer planes a futuro esté mal, al contrario, pero es que también tenemos que vivir el presente al mil por ciento porque no sabemos lo que pasará mañana o el próximo mes, como la actual pandemia. Apuesto a que nadie se lo esperó. Todos vivimos nuestro 2019 como si nada, sin pensar que ese año pudo haber sido nuestro último año de colegio y no volveríamos a ver a nuestros amigos o profesores. Tenemos que dar la misma, o más, importancia al presente. 

Tenemos que dejar de temerle al futuro, al porvenir, porque en el momento en que dejemos de temer seremos libres. Cuando somos pequeños, todo es posible. Cuando somos jóvenes, nos pasa de todo y dejamos de creer, de tener esa ilusión. En la vida, el punto, es no perder esa felicidad, esas ganas de vivir porque si no acabas amargado, y al final solo te autoamargas la vida —así de simple. Creo que todos deberíamos escuchar al “niño interior” que llevamos dentro y llegar hasta la esencia de la vida… porque es la mejor parte. La vida es demasiado corta para andar perdiendo el tiempo. “La única cosa que no se puede comprar es la vida, la vida se gasta y es miserable gastar la vida para perder la libertad”, como dijo José “Pepe” Mujica. No podemos gastar nuestras vidas en trabajar para ganar dinero para comprar cosas, debemos disfrutar el regalo de haber despertado por la mañana para tener un nuevo día para hacer cosas… y también locuras. 

Quien es feliz es el que está loco. Y te preguntarás “¿por qué loco?”. La respuesta es muy simple: quien está lo suficientemente loco por la vida, vive. ¿O acaso has visto a alguien denominado como “loco” que esté triste? Todos estamos locos, solo que muchos reprimen esa locura por seguir a la sociedad y encajar, aún a costa de nuestra felicidad. El “loco” es aquel quien no le interesa lo que piensen de él y tampoco le interesa encajar, porque ese “loco” encontrará su camino y creará su mundo, un mundo en el que será feliz. No podemos conformarnos con “lo común” o “lo normal”, no podemos ser conformistas y aceptar aquello que los demás quieren o esperan de ti: tenemos que ser más ambiciosos, porque si somos capaces de pasar tardes enteras discutiendo de política y concluimos que “esto está mal” o “debería hacerse esto”, me pregunto: ¿por qué no ser nosotros mismos quienes demos la cara para cambiar aquello que consideramos que está mal?

Y como diría el Sombrerero Loco, “viaje bueno, Alicia”. Alicia, al final de su aventura en Infratierra, tendrá que volver a casa, al mundo real. A pesar de que este mundo alternativo sea solo creación de su mente, para ella es real. Todos tenemos que salir de nuestro mundo interno y pisar tierra, ser realistas y no ilusos, aunque la ilusión, irónicamente, sea uno de los principales motores del mundo real. Ser ilusos no quiere decir que seamos tontos, todo lo contrario, nos permite seguir creyendo en que si nos proponemos algo lo lograremos. Todos tenemos un mundo ideal y soñar con él significa querer hacerlo realidad. Mientras existan soñadores, tendremos un futuro grande por venir, porque son estos “ilusos” quienes realmente cambian el mundo.

Vivir es ilusión, es soñar irremediablemente con algo más grande que nosotros mismos. Seguir nuestros ideales nos ennoblece. Hacer realidad los sueños de nuestros pequeños “yo” es lo más hermoso que puede existir. Es como si los “yo” actuales estuviesen regresando al pasado para decirnos a nosotros mismos “no te rindas porque lo lograrás”. 

Atentamente,

Todos 

Issa Mariaza

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