Kilómetros

Hay algo que me persigue: cada vez que viajo por carretera: comienzo a cuestionarme por qué viajar significa tanto para mí. Creo que el hecho de “viajar”, actualmente, se ha convertido en una actividad comercial, haciendo que el verdadero significado pierda sentido. Viajar no solo se trata del destino —y decir “Ay qué bonito”—, sino también del camino que tienes que recorrer para llegar a ese lugar. Y acá entra la interrogante: ¿qué es más importante: el camino o el destino? Esta pregunta es una encrucijada. Por un lado, está quien dice que el camino es más importante y por el otro, quien dice que la meta. Personalmente, creo que ambos tienen la misma valía. Si estás viajando porque tienes algo específico que hacer en el lugar de destino, entonces, este es más importante porque tienes un objetivo. Pero si estas viajando por el simple hecho de salir de tu cama y hacer algo diferente en tu vida, creo que el camino tiene más importancia del que solemos darle.

Viajar en avión es una maravilla cuando quieres llegar rápido al destino, cuando tienes que cruzar un océano y llegar a otro continente, pero yo me pregunto, ¿quién disfruta estar metido en las entrañas del enorme pájaro de lata? —no sé ustedes, pero yo no. Prefiero estar en un elegante corcel metálico que acata mis órdenes y me lleva por donde yo le indique. Siendo sinceros— hoy en día a mucha gente no le gusta viajar por tierra porque es aburrido y se tarda más en llegar. Este tipo de personas se podrían considerar “turistas” y/o “viajantes”, y no “viajeros”. 

Es el momento de dar algunas definiciones necesarias: El “turista” es quien se traslada a otros lugares por el simple gusto de conocerlos. Tiene todo planificado hasta el mínimo detalle, desde antes de salir de casa, y trata siempre de seguir el plan. El “viajante” es simplemente quien viaja para vender y/o comprar productos, como Marco Polo. Por otro lado, el “viajero” es quien viaja por la necesidad biológica de trasladarse en busca de un cambio de paradigmas. ¿Y qué significa esto? El viajero es el que sale en busca de nuevas experiencias para así poder ampliar su visión del mundo y que a su vez le demuestren que uno es apenas una pequeñísima parte de este. Como alguna vez dijo Lao Tzu, un antiguo filósofo oriental: “Un buen viajero no tiene planes fijos ni tampoco la intención de llegar”.

Recuerdo una historia que me contaba mi abuela sobre su viaje a Francia en la década de los cincuenta. Estuvo alrededor de un mes metida en un barco, viendo mar y sólo mar. Yo le pregunté si no se aburría y su respuesta me causó mucha gracia. Ella dijo: “¿De qué me podía aburrir, si sólo veía agua?”. En ese entonces no entendí a lo que se refería, pero ahora, poniéndome a pensar, ¿y qué si se refería a que el mar es una de las constantes más inconstantes de nuestro planeta? Nunca es igual, ya sea el color, el ánimo con el que amaneció, la profundidad, los compañeros marítimos que habitan en él y que desconocemos, y etcétera, etcétera, etcétera.

Volviendo del story time… En la ruta podemos encontrar diferentes cosas, desde una flor bonita hasta un lugar poco —o nada— conocido. Podemos encontrar un sitio al cual volver, o podemos encontrar una razón para quedarnos. Haciendo un paréntesis, años atrás —aunque tampoco tantos que digamos— había gente a la que podíamos llamar filósofos. Gente que filosofaba de la vida, de cómo llegamos a este mundo y otros asuntos. Pero hoy en día, ya no existen pensadores como esos. Creo que el viajero se podría considerar una de las figuras más similares a los filósofos, aunque con preguntas un tanto diferentes. Muchas veces, después de un viaje, llego a casa y comienzo a recapitular todo lo sucedido durante esos días. Madrugar, meter todo al carro, echar llave a la puerta, arrancar y lentamente alejarme del hogar. Llegar a la carretera, el sol comienza a salir, estoy en medio de la nada —el desierto—, ver a lo lejos algún camión que parte o regresa —y así podría seguir, pero me quedo sin espacio. Recuerdo esos sentimientos de nostalgia por regresar a casa, pero a su vez tengo la misma añoranza por volver a la carretera. Es como dejar un pedacito de uno mismo en casa, otro en el camino y otro en el destino. 

Viajar no es llegar a un lugar físico determinado, sino el viaje mental que haces mientras tu cuerpo se mueve en dirección a algún sitio. Viajar es eso que pasa por tu mente mientras estás en medio de la nada contigo mismo. Viajar es llegar a un paraje sin tener idea de si será el final o el comienzo de algo. Viajar es salir de tu zona de confort y descubrir algo nuevo, pero no en el sentido cliché que tiene hoy en día, sino en el sentido de descubrir algo nuevo desde tu punto de vista, de qué es hermoso y qué no, y de descubrir una pequeña parte de ti mismo que probablemente no hubieras conocido si no hubieras decidido salir de tu casa. Y como actualmente debemos estar metidos en nuestras casas —quédate en tu casa—, abres Google Maps o buscas un tour virtual, y viajas desde la comodidad de tu cama.

Issa Mariaza

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