La politización del ideal feminista

El feminismo es simple y llanamente el principio de igualdad de derechos entre ambos sexos; por lo tanto, si un individuo cree que un hombre y una mujer son iguales ante la ley, ese individuo es feminista. ¿Eso significa que la mayoría de gente que conocemos es feminista? Si se lo ve de forma literal y siguiendo la definición de la Real Academia Española, pues sí; a menos que te rodees de personas que honestamente creen que alguno de los sexos merece más derechos por algún tipo de superioridad, lo más probable es que vivas en un entorno feminista. Sin embargo, si le preguntas a estos mismos individuos, tal vez la mayoría te diga que no es feminista o, si saben algo más sobre el tema, podrían darte una respuesta muy interesante: “Yo sí creo que todos somos iguales, pero eso del feminismo no me gusta”. Según la definición literal de la palabra, la postura igualitaria indicaría a un claro feminista, pero por alguna razón, esta persona, que sí cree en un mundo igual, no quiere ser etiquetada como feminista. Esta respuesta indica una contradicción muy peligrosa no para la sociedad, sino para la lucha feminista, una contradicción que deja una gran duda en el aire: después de todos los cambios generacionales que ha habido en el feminismo, ¿este sigue siendo el mismo ideal social puro de sus inicios?

Para responder a esta pregunta, primero debemos remontarnos al origen del feminismo: 1673. Era un año muy diferente al nuestro, tanto así que ni siquiera Estados Unidos era aún un país libre, y un sacerdote católico francés de nombre François Poullain de la Barre publicó un libro con el nombre La Igualdad de los sexos (originalmente De l’égalité des deux sexes). En este libro, el teólogo defendía que el trato inferior a la mujer no se debía a un fundamento natural, sino a uno cultural. El clérigo logró un mensaje impactante sobre la igualdad; sin embargo, no fue capaz de crear un verdadero cambio en la cultura o en la política de la época. Su trabajo fue retomado muchas décadas después, en un siglo diferente, tomándosele como un precursor clave.

Nos movemos a la segunda mitad del siglo XVIII, una época de decadencia para la monarquía francesa, cuando la revolución más histórica del continente europeo estaba empezando a formarse. En esta época, la Ilustración había pegado muy fuerte en el pensamiento de los intelectuales, los cuales habían empezado a cuestionar los valores morales y religiosos del pasado, empezando así a descartar algunos que no les parecían tan pegados a la doctrina de la razón. Entonces, aprovechando la época de revolución y cambio, muchas mujeres comenzaron a poner lo más presente posible el tema de la desigualdad injustificada entre ambos sexos. Desafortunadamente para la lucha feminista y todas las mujeres francesas de la época, ni siquiera después de la Revolución Francesa (1789), se le dio un verdadero cambio a su situación en ese país.

Pasamos ahora a 1848, año de primera edición del Manifiesto Comunista de Marx y Engels. En este libro, se hace una mención al problema de las mujeres, sugiriendo que su opresión se debía a un sistema patriarcal burgués. Ese mismo año sucedió un evento histórico para las mujeres de Occidente: la primera Convención de los Derechos de la Mujer, la cual tuvo lugar en Rochester, Nueva York. En esta convención, se aprobó la Declaración de Sentimientos y Resoluciones de Seneca Falls. El comunismo, una de las ideologías más radicales que han existido jamás (en el sentido de romper con lo anteriormente establecido), dio al feminismo el espacio que necesitaba. A partir de este momento, empieza la desviación del feminismo hacia cierto lado político mucho más dispuesto a cambios “revolucionarios”.

En el siglo XX, sucedieron los dos eventos más trágicos en la historia de la humanidad, al menos vistos desde la cantidad de muertos: la Gran Guerra (1914 – 1918) y la Segunda Guerra Mundial (1939 – 1945). La más importante para el feminismo fue la segunda, puesto que empezó a verse a las mujeres de una forma muy distinta: millones de hombres se habían ido a la guerra por muchos años, así que las mujeres habían empezado a ser las encargadas no solo de manejar el hogar, sino también de proveer lo básico para los niños. Esto significó que las mujeres empezaran a buscar trabajo en fábricas, lo cual transformó irreversiblemente la imagen de amas de casa bien vestidas. Dado el cambio, cuando los soldados llegaron de los distintos frentes, se encontraron con un país que había sido mantenido en gran parte por sus mujeres.

Un par de décadas más tarde, todo lo que las pioneras empezaron en las fábricas tomaría un serio revuelo. Como algunos sabrán, los años 60 fueron la década de la lucha por los Derechos Civiles en Estados Unidos, en la que las minorías estallaron en movimientos aún con la Guerra Fría todavía desarrollándose. Muchas protestas multitudinarias sobre distintos temas sociales de la época empezaron a desarrollarse, por lo que la lucha feminista no fue una excepción y comenzó su activismo.

El mundo occidental ya estaba cambiado, las minorías estaban dispuestas a lo que fuera para revolucionar el país; lo único que se mantenía constante era el enemigo de todas estas minorías: el Estado conservador. A partir de esta década, las minorías en general se empezaron a identificar dentro del Partido Demócrata, el cual había prometido cambios desde John Kennedy. Estas promesas llevaron a las minorías, y a todos los que las apoyaban, a estar eternamente enemistadas con el Partido Republicano y las políticas conservadoras en general, lo que llevó a unas ganas de quebrar absolutamente todo lo que representara algún tipo de “sistema opresor”. El país de la libertad estaba dividido en dos facciones radicalmente diferentes que jamás lograrían reconciliarse y, sorprendentemente, la facción de las minorías, llevada de la mano de los Demócratas, terminó ganando el enfrentamiento cultural de los 60.

Ya en este punto, se da el inicio a la politización de varios ideales o movimientos sociales. Esta politización parte de una búsqueda de votos por parte de los políticos no conservadores (que generalmente sí creen en algunos de los ideales que promueven políticamente), quienes se dan cuenta de que, juntando todas las minorías, llegaban a tener enormes cantidades de gente que, al haber sido oprimida, votaría sin pensarlo por un cambio inmediato que le diera su libertad. Políticos que habían enfocado su discurso siempre en el hombre común estaban recién notando el tan amplio foro de votantes que estas minorías podían brindarle, así que cambiaron su discurso y se prepararon para dirigir el populismo al otro sector de la población. El populismo, antes enfocado al obrero oprimido (según ellos) por las grandes empresas capitalistas, ahora se dirigía a las mujeres, a las personas de color y a los homosexuales (entre otros).

Los 60 habían comenzado una tendencia y todos los países americanos y europeos empezaron a reclamar por los derechos de cada minoría habida y por haber. Estos reclamos dejaron en evidencia irrefutable a los políticos que las minorías se habían vuelto ya un arma poderosa y muy difícil de contrarrestar. Sin embargo, estas empezaron a tomar una relevancia determinante sobre todo desde los 90. ¿Por qué?

El 9 de noviembre de 1989, la ciudad de Berlín se hartó de la partición y derribó el muro que dividía los regímenes socialista y capitalista. Después de décadas de separación, los alemanes del Este decidieron derribar el Muro de Berlín para cruzar al lado Oeste de su ciudad, logrando así progresivamente la reunificación alemana. Esto fue un golpe duro para el socialismo: Estados Unidos había ganado con su modelo capitalista. El libre mercado acababa de dejar fuera de pelea a cualquier tipo de marxismo luego de casi medio siglo de Guerra Fría y todo el planeta lo sabía. La batalla económica había terminado con una clara victoria capitalista y los políticos socialistas estaban derrotados. No había modo alguno de que las nuevas generaciones apreciaran a Marx y Engels como ellos lo habían hecho, así que se acordaron de cómo las minorías habían motivado a la gente en los 60, mientras los capitalistas conservadores se relajaban creyendo que ya habían ganado.

Poco a poco comenzaron a apropiarse de las minorías, dejando a todos los capitalistas como discriminadores y retrógradas. El feminismo se convertía en una de las formas más fáciles de llevarse el voto de muchas mujeres que aún sufrían la opresión. Desde este punto de vista, hay una inclinación política del feminismo más evidente que nunca. El lado socialista se empieza a apropiar del feminismo, dejando así a los capitalistas conservadores como machistas o indispuestos a hacer los cambios. Se forma así un nuevo socialismo, un socialismo formado en las libertades personales para defender a las minorías. Un socialismo demócrata que seguía teniendo las teorías económicas en contra del libre mercado, pero ahora incluía a todos los que antes habían sido rezagados por el hombre común manteniendo la lucha de clases en el juego, pero agregando otra batalla al terreno: la lucha por los derechos de las minorías.

Esto se puede ver sin mucha dificultad incluso en elecciones más actuales a nivel nacional e internacional: una gran parte de la campaña de Verónika Mendoza (candidata a la presidencia por el partido progresista Juntos por el Perú) se enfoca en las minorías y, por lo tanto, en los derechos femeninos; el presidente argentino Alberto Fernández (parte del partido izquierdista Frente de Todos) usó la legalización del aborto como una parte crucial de sus promesas políticas cuando era candidato; el demócrata Joe Biden priorizó el aumento de mujeres en puestos políticos como parte de su campaña en 2020 para el Partido Demócrata; y existen más ejemplos en otros países.

Sintetizando, se podría decir que el feminismo ha tenido tres periodos bastante claros: formación primitiva del ideal feminista (desde François Poullain hasta la Ilustración), aplicación del ideal a la lucha activa (durante todo el siglo XIX y la mitad primera del siglo XX) y, finalmente, transformación a promesa política fundamental (a partir de los años 60).

En conclusión, lo que partió de una búsqueda de una igualdad legal y social terminó siendo parte de un sector político bastante claro (la llamada “izquierda”) que adoptó al feminismo para volverlo suyo. Algunos podrán pensar que esto es una pérdida del ideal feminista y su lucha por una igualdad que parecía muy difícil de conseguir; otros pensarán que esto significa que el movimiento feminista triunfó y por eso tomó relevancia entre los políticos más importantes de algunos países. Considerando la historia contemporánea, guste o disguste, no se puede negar que ese feminismo incipiente de François Poullain de La Barre dejó de ser un ideal social germinal hace ya buen tiempo para convertirse en un movimiento político casi masivo que hoy mueve a masas multitudinarias de hombres y mujeres.

Paolo Barcelli

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