Un café

Estás sentad@ y piensas Voy por un café“. Te levantas y te diriges a la cocina. Calientas el agua, sacas tu taza favorita, coges el frasco del café, el azucarero, la leche y una cucharita. Ya con el café preparado, te sientas con la taza delante de ti. La rodeas con tus manos y notas que está caliente —mejor no tocar. Con la cucharita, comienzas a darle vueltas y a soplar para que se enfríe. Giras y giras, y te pones a pensar en lo maravilloso que es ver el café girar y crear pequeños remolinos gracias al movimiento de la cucharita. Y en eso caes en la cuenta de que no tienes idea del origen del café. Decides coger tu teléfono y te dispones a buscar. Entras al buscador y escribes “Historia del café” y lo primero que aparece en los resultados es la historia de Kaldi.

Según cuenta la leyenda, Kaldi, un joven pastor yemení, fue quien descubrió la planta del café. Fue por casualidad. Había llevado a su rebaño a pastorear, y mientras estaba sentado sobre su piedra favorita, se dio cuenta de que este brincaba y saltaba eufóricamente. Extrañado, se levantó y vio lo que estaban comiendo: eran unos pequeños frutos rojos. Caídos del arbusto aún desconocido, los animales los comían y tenían energía. Sorprendido… o extrañado por esto, tomó unos cuantos y fue corriendo en busca de un superior religioso de un convento cercano. Kaldi le mostró los frutos e intercambiaron miradas.

Este decidió cocinarlas, hirviendo las bayas y obteniendo una infusión. Emanaban volutas de humo del recipiente. Finalmente, se decidió por beber y se dio cuenta del sabor amargo que tenía y tiró la bebida y los frutos restantes al fuego. Curioso, se quedó observando atentamente a la reacción que estos tuvieron al estar sometidos al calor abrasador del fuego: los granos se estaban tostando y en el proceso, emanaba de ellos un aroma agradable. Curioso y persistente, probó de nuevo la infusión, pero con las bayas tostadas. El resultado fue completamente diferente al inicial: el líquido marrón casi negro era agradable.

Luego de leer, te das cuenta de que la temperatura ya es óptima para beber de la taza, así que la tomas por el aza y das un buen sorbo. Sientes el olor, el sabor, esa textura extraña que tiene al ser más denso que el agua. Tragas y posas la taza en la mesa. Tienes la mente en blanco, nada va, nada viene. Oyes el tic tac del reloj en tu mano y piensas que a veces puede llegar a ser molesto. Te lo quitas y lo tomas con ambas manos, pasando un pulgar por el vidrio, recordando cuando te lo regalaron. Dejas el reloj en la mesa, estirado, delante de la taza y das otro sorbo.

El segundero gira y gira, y lo sigues con la mirada mientras tu mente sigue en blanco. Tienes las manos nuevamente alrededor de la taza, que transmite un agradable calor a tus palmas frías. En eso, tu mente comienza a viajar. Recuerdos de reuniones con amigos, cenas familiares… Cientos de momentos de segundos de duración se hacen presentes. Vuelves a revivir esos instantes en los que no eras consciente de que el tiempo es la cosa más efímera, bella y aterradora que existe. Recuerdas una cita de Alicia en el País de las Maravillas, un diálogo entre la misma Alicia y el Conejo Blanco:

“Alicia: ¿Cuánto tiempo es para siempre?

Conejo Blanco: A veces, solo un segundo.”

Das otro sorbo, pero esta vez es más amargo. No es el café, sino el sabor de los recuerdos. Esa melancolía al recordar, como si hubieran sido ayer, cosas de un pasado lejano. Comienzas a pensar en cómo una bebida tan “banal” pude llegar a convertirse en un botón para desbloquear recuerdos y sensaciones, emociones y sentimientos. Piensas en cómo esta “arma” se ha convertido en pan de todos los días —o, bueno, café de todos los días—, siendo más una bebida social que una bebida personal.

Levantas la taza para sentir ese olor tan característico, y das otro sorbo. Comienzas esta vez a imaginar situaciones hipotéticas de posibles versiones de tu vida en otros mundos. En un momento, te ves como el músico del momento, y al siguiente te ves en una casita en medio de la nada. Con la taza en la mano, te levantas y caminas hacia la ventana más cercana. El panorama es precioso, ves muchísimas luces pequeñitas que hacen de la oscuridad de la noche, la luminosidad del día.

Recuerdas ese viaje que tanto anhelaste, estando completamente sol@ en la carretera, ya anocheciendo. Las luces de los pocos autos y camiones que te acompañaban por el desierto. Tu corazón se acelera, casi lo oyes, ansiando poder sentir esa libertad única: estar en un mundo irreal en el que no hay preocupaciones ni responsabilidades.

Das otro sorbo y esta vez tragar se te dificulta. Sientes un nudo en la garganta causado por estar en la cárcel de la ciudad. Esta vez tu mente viaja a tu infancia donde todavía las imposibilidades eran posibles. Cuando la “realidad” no existía y la inocencia te gobernaba. La ilusión vuelve inundando tu cuerpo de esperanza y de tristeza al saber que la candidez de la infancia no volverá nunca.

Intentas dar otro sorbo al líquido de los recuerdos…

pero la taza está ya vacía.

Issa Mariaza

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