Entre tiranos y semitas

A lo largo de la historia, se ha visto un gran resentimiento por parte de los cristianos respecto del linaje semita. Desde los tiempos en que el Imperio Romano se convirtió al cristianismo hasta épocas más recientes, se puede reconocer una tendencia general antisemita de parte de varias naciones europeas. A pesar de que Jesús y sus apóstoles también fueron hebreos, muchos cristianos han basado su odio hacia este pueblo en el hecho de que fueron ellos quienes crucificaron al hijo de su dios.

Dejando de lado la discusión de que esto fue en realidad un sacrificio prácticamente voluntario, es claro que las figuras de poder con un antisemitismo infame no han basado sus políticas represivas en este hecho, sino que este ha sido usado como una excusa para incitar el antisemitismo. Decir que estos políticos odiaban a los judíos por el simple hecho de ser judíos sería encasillarlos en un refrán moralista que solo sirve para permanecer en la ignorancia; por ello, debemos intentar meternos en la cabeza de estos hombres poderosos que no solo oprimieron legalmente a los descendientes directos de Abraham, sino que, además, lograron promover el odio de las masas hacia ellos y usaron este odio como un arma política.

El caso más conocido de antisemitismo en la historia es, por obvias razones, Adolf Hitler. Tenía una oratoria impresionante, por lo que convencía fácilmente, y creía, por sobre todas las cosas, en la superioridad de la raza aria (los blancos puros del Cáucaso). Creía que debía proteger a los arios puros de todas las otras razas inferiores que les estaban quitando trabajo y riqueza; por lo tanto, dentro de sus planes, debía estar el ataque a la población hebrea, a la cual consideraba la peor de todas las razas. Hitler pensaba que los judíos habían causado la derrota alemana en la Gran Guerra y que estaban quitándole empleo a los alemanes; por eso, los veía como una amenaza para la raza aria. Era un tirano que buscaba el control del país y, posteriormente, del mundo para poder cumplir su plan de repoblar la Tierra solo con alemanes arios puros; pero, los judíos no le permitirían cumplir ese plan. Debemos saber también que muchos de ellos tenían negocios y, por lo tanto, controlaban una parte de la economía nada menor en Alemania, lo cual era repudiable para el hombre común alemán, puesto que, durante los años posteriores a la Gran Guerra, este país se encontraba en una situación económica comparable a la de Cuba o Venezuela actuales por las exigencias del Tratado de Versalles y una de las formas, aunque secundarias, que Hitler encontró para recuperar dinero fue justamente retirar los bienes a los judíos (así como a otros grupos étnicos o religiosos perseguidos por diferentes motivos), a quienes mandó a campos de concentración o exterminio en varios países durante los años de su mandato.

Por el otro lado de la política, y también otro lado del continente europeo, está el icónico comunista soviético Iósif Stalin. A pesar de que Karl Marx, el padre del comunismo, había sido un asquenazí (judío de Europa central u oriental), Stalin tenía una aversión hacia el linaje semita que intentó ocultar al inicio de su mandato por conveniencia política. Este antisemitismo estalinista se empezó a notar solo después de la Segunda Guerra Mundial, cuando ya no necesitó más el apoyo de los judíos para su gobierno, con ciertos episodios como el asesinato de Salomón Mijoels. Pero, todavía no se acercaba lo peor: desde 1948, se puso en marcha la persecución a los semitas dentro de la Unión Soviética. A tal extremo llegó su antisemitismo que apoyó la formación del Estado israelí solo para deshacerse de los judíos en su país y luego acusó a los millones que quedaron de crímenes y conspiraciones sin fundamento alguno. Sin embargo, todas estas acciones quedaron como un granito de arena frente a las atrocidades cometidas en la madrugada del 12 de agosto del 1952, la noche de los poetas asesinados, cuando, bajo orden de Stalin, asesinaron a un montón de artistas, escritores, músicos, actores y poetas yidis en el sótano de la prisión Lubianka. Stalin, tan tiránico como cualquier otro dictador, también encontraba amenazantes a estas minorías no tan minoritarias presentes en su país, por lo que decidió focalizar su odio en el pueblo hebreo solo luego de usarlos dentro del juego político contra los fascistas.

Habiendo visto dos de los tiranos más desafortunadamente icónicos de la historia, se puede apreciar fácilmente que hay un factor común entre ambas situaciones: los dos gobiernos son dictatoriales. Sin discutir sobre sus diferencias respecto de las medidas económicas, podemos notar que ambos dictadores sentían un gran desprecio por el pueblo judío. Se entiende que dos no sea un patrón de por sí y pueda ser solo una coincidencia, pero, lo que realmente pone el antisemitismo de un lado comúnmente ordenancista, es su ausencia, legal al menos, en sistemas más liberales y democráticos. El mayor contraste se encuentra dentro del lado político más opuesto al comunismo, el liberalismo, en el cual hay bastantes autores influyentes de ascendencia semita; Murray Rothbard, Milton Friedman o Ludwig von Mises. No es una coincidencia que hayan sido regímenes tiránicos los que promovieron el odio hacia los judíos, a tal punto de que muchos ciudadanos llegaran a considerar correcto el antisemitismo. Obviamente, existen muchos más ejemplos de antisemitismo histórico (Egipto antiguo, Roma imperial, Europa medieval y más); sin embargo, los ejemplos propuestos de la historia moderna son mucho más específicos en relación con los gobiernos opuestos a las libertades ciudadanas.

Esto nos deja una pregunta: ¿por qué, en términos generales, los tiranos odian a los judíos? Podría decirse que odian a todas las minorías en general, pero las tragedias del antisemitismo nos revelan que existe un odio bastante intenso al pueblo judío que, al menos en la modernidad, va más allá de la intolerancia religiosa. Es cierto que empezó a raíz de la negativa de la religión hebrea a creer que Jesús era el hijo de Dios, pero el odio de los tiranos a aquellos que alguna vez fueron una nación sin tierra está más allá de un desprecio personal: se debe a causas políticas. ¿Cuál será la causa exacta? Es muy difícil encontrar una causa que se aplique en general a todos los contextos, pero no hay duda de que Hitler y Stalin, entre otros, percibían a los descendientes del Gran Patriarca como una amenaza a su poder.

En todo caso, fuera del debate sobre semitas y tiranos en sí, debemos entender que estos diálogos sobre las razones del odio siempre serán incómodos, más aún cuando se trata de un odio histórico y generalizado como el antisemitismo; pero, es justamente la incomodidad lo que vuelve tan necesarios estos diálogos. En vez de permanecer encasillados en absorber la primera información que escuchamos, la reflexión, el análisis y el debate son aquello que nos hace recordar las facetas de la humanidad y nos hace entender las razones de que estas sucedieran para evitar que los errores se repitan.

Paolo Barcelli

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