Control -Z

Planteo dos interrogantes: ¿qué pasaría si todos naciéramos con un botón para retroceder el tiempo inmediato y arreglar nuestras metidas de pata? ¿Qué pasaría si todos tuviéramos un Ctrl-Z para reescribir un momento de nuestra historia?

Luego de generar un pequeño momento de crisis, les pongo en contexto. Debido a la virtualidad del mundo actual, casi todo lo que hacemos es por computadora, pero ¿qué pasa cuando salimos de detrás de la pantalla? Hace unas semanas estaba dibujando e hice un trazo con tinta que no debía, y mi cerebro pensó en automático: “dile a la mano izquierda que ponga Ctrl-Z en el teclado de la computadora”. Mi mano acató la orden, pero, evidentemente, nada pasó. Y desde ese día, me pasa muy a menudo —es muy probable que no sea la única a la que le pasa esto, espero. Dándole vueltas al asunto —riéndome porque mi mano, al parecer, tiene vida propia— llegué a la pregunta inicial: ¿qué pasaría si fuera posible volver en el tiempo y corregir nuestros errores sin crear una paradoja temporal? 

Aunque inicialmente la idea de viajar en el tiempo es genial, en lo personal creo que no tiene mucho sentido y puede llegar a ser contraproducente. Tener un botón para corregir nuestros errores a la larga podría hacernos perder el toque humano, porque ser “humano” implica errar —por eso hay que leer las letras pequeñas del contrato. Es inútil aspirar a ser una persona “perfecta”, porque mientras más creemos que lo vamos logrando, más nos alejamos de quien realmente somos —creo que será un texto motivacional. 

Cometer errores es aceptable, cometer horrores es discutible. La duda que me persigue —y que creo que nos debería acosar a todos— es la siguiente: ¿por qué no aprendemos de esos errores? Sé que puede llegar a ser tedioso, pero es cierto: es humanamente aceptable errar, pero no tropezar y volver a tropezar con la misma piedra —ni que nos hubiéramos encariñado con ella. De alguna manera, es como si esperáramos que el resultado sea diferente, como si quisiéramos vivir dentro de un libro y que la historia tenga un final que nos agrade. La vida no es una ecuación matemática en la que el resultado es uno y solo uno. La vida tiene mil millones de probabilidades y estas son justamente las que nos llevan a intentarlo de nuevo —con decir que harían falta mil vidas o más para tener la misma baraja de cartas, lo digo todo. 

La vida es una probabilidad andante que se desarrolla en un presente. Pero, en lo personal, el “presente” no existe, es el nombre que se le da a ese momento inmediato de unión entre el pasado y el futuro. O también la brecha que divide lo que fue de lo que será, la potencialidad del ente en vida. Voy a plantear otra pregunta: ¿qué puede pasar en ese momento cuasi imperceptible? Propongo la respuesta del filósofo alemán Leibniz: el mundo que “conocemos” es uno entre las infinitas posibilidades que pudieron haberse creado y cada combinación de eventos, así se diferencien mínimamente, equivaldría a un mundo diferente. 

La voluntad de hacer algo, o el simple destino que nos lleva a lograr algo o no, hace que nuestra vida no vaya en línea recta, sino que sea una montaña rusa que va desde el fondo marino hasta la Luna —o Saturno, depende del caso. Tener un botón para regresar en el tiempo y cambiar algo porque el presente no es agradable es como decidir que algo no nos gusta antes siquiera de que pase. Viéndolo así, volver al pasado y cambiar algo le quita sentido a la emoción de lo que nos depara la existencia. Cambiar el pasado no tiene sentido, el presente es prácticamente inexistente y el futuro… lo único seguro es que moriremos. 

La voluntad de hacer o dejar de hacer algo está siempre presente y, como dice Schopenhauer, si no nos quitamos hasta la última voluntad, jamás seremos felices. ¿Felicidad? El filósofo explica —en palabras breves— que la felicidad es efímera: dura todo lo que tardamos en cumplir con la voluntad. Una vez que cumplimos el deseo, retornamos al estado de aburrimiento precedente, o incluso a un estado más “deprimente” —palabra actual que describe lo que explica Schopenhauer como estado “normal” del ser humano. 

A esto me gustaría agregar una especie de crisis existencial que tiene otro filósofo. Kierkegaard vive angustiado. Nuestras vidas están sometidas a la angustia y al miedo ante la noción de posibilidad. Y, como dije al inicio, nuestra vida es una infinidad de ellas. La deducción evidente es que toda solución posible a este dilema nos lleva a caminos que siempre parecen más desconocidos. Lo desconocido nos genera angustia y, por tanto, cualquier elección genera angustia. Una vez que logramos elegir, la posibilidad de volver a la condición de “inocencia” original es nula. Paradójicamente, elegir implica dejar de ser libres —irónico—: en primera instancia, tenemos la elección y luego elegimos, pero una vez tomada la decisión nos encadenamos a un nuevo destino. 

Entonces, tenemos una decisión en un tiempo-espacio relativo con infinitas posibilidades irrepetibles, la voluntad que nos hace la vida imposible, la angustia del porvenir, la seguridad de un fin y un botón para corregir el pasado —creo que nadie saldrá ileso de esto. Pongamos el caso en el que tomamos una decisión porque algo dentro de nosotros lo quiere así, pero resulta ser que en lugar de —siquiera— darnos esa gratificación momentánea, nos equivocamos rotundamente. La angustia de hacer la elección aumenta porque las cosas resultaron malas y aparece el deseo de volver al pasado y corregir el error. Tomamos el botón, arreglamos la metida de pata, y volvemos al “presente”, que de hecho es ya otro porque se hizo un cambio mínimo que alteró el curso tiempo. En lugar de vivir la montaña rusa, ajustamos nuestra vida a cómo nos gustaría que sea y vaya en línea casi recta —vivir lo seguro. Y se nos hace presente el hecho de que la vida tiene fecha de caducidad. 

Yo te pregunto: ¿vivirías una ecuación matemática? ¿O una montaña rusa hasta Saturno? 

Issa Mariaza

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